UN MENHIR EN ALTURA

En mayor o menor medida todos los alturanos y buena parte de los veraneantes conocen la existencia de la “piedra” de “El Cantal”. Pero… ¿cuántos saben y son conscientes de que se trata de un auténtico y real menhir, un monumento megalítico (megas = grande, litos = piedra) de la prehistoria?

No es ninguna broma. Para la gran mayoría de alturanos y veraneantes la “piedra” de “El Cantal” es algo así como una piedra grande, de formación curiosa, que está allá por el final del Camino de la Murta, casi llegando a la Masía del Cucalón, y que no tiene más atractivo turístico (no digamos ya histórico-artístico) que el hecho de ser grande y estar en pleno monte.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. “El Cantal” es el monumento más injustamente tratado (diríase “olvidado”) por alturanos y veraneantes. Cuando nos referimos a Altura mencionamos siempre como paradigmas del pueblo dos lugares histórico-artísticos de relevancia: el Santuario de la Cueva Santa y la Cartuja de Vall de Cristo; son desde luego dos grandes referencias que merecen ser destacadas y reseñadas. Pero “El Cantal” es, sin ningún género de duda, el monumento histórico-artístico más importante y de mayor trascendencia no sólo de todo el término municipal alturano, sino de todo el Alto Palancia y de buena parte de la provincia de Castellón, y representa un hito de enorme trascendencia y magnitud para constatar la existencia en nuestro término de pobladores prehistóricos. Deberíamos por tanto incluir “El Cantal” en primer término como monumento histórico-artístico alturano junto con los ya nombrados Cueva Santa y Cartuja. Para empezar, deberíamos de dejar de llamarlo “la piedra” del Cantal (reiteración, por cierto) para denominarlo por su nombre, el Menhir de El Cantal. Llamar “piedra” a un menhir es como llamar “casa” al Palacio de Versalles.

Comencemos por lo básico. Un menhir es un monumento megalítico que data de finales del Neolítico (desde el año 6.000 hasta el año 3.000 antes de Cristo) o del Calcolítico -la Edad del Bronce- (desde el año 3.000 hasta el año 1.500 antes de Cristo). Consiste en una piedra por lo general alargada, en bruto o mínimamente tallada, dispuesta de modo vertical y con su parte inferior enterrada en el suelo para evitar que caiga. Se desconocen los significados rituales concretos que inspiraron el alzamiento y disposición de los menhires neolíticos, formulándose en torno a ello conjeturas más o menos elaboradas y con mayor o menor rigor científico, como que eran construcciones funerarias o bien tributos a divinidades o representaciones de las mismas.

El hombre del Neolítico no era, desde luego, comparable al actual. Apenas sí acababa de comenzarse la formación de las primeras civilizaciones (en el sentido de pueblos con una organización social); acababa de “descubrir” conceptos como el arte o como la existencia de la divinidad; y había desarrollado la manipulación de las piedras. Todo ello dio lugar a la aparición de las primeras manifestaciones artísticas: pinturas rupestres, esculturas talladas en piedra o bronce, y monumentos (diríase el germen de la arquitectura) construidos con grandes piedras.

Si nos fijamos en “la piedra” de El Cantal observaremos que es de considerable tamaño (sirve de comparación en las fotografías que ilustran este artículo la mochila azul que aparece en la base). Pero además, si nos fijamos con detalle constataremos que no se trata de “una” piedra, sino de tres, cuidadosa y meticulosamente superpuestas haciéndolas encajar unas sobre otras. Sobre la que sirve de base, se alza la segunda en forma de cuña triangular, y ésta se culmina con una tercera a modo de cúspide. Su silueta se asemeja a una cabeza erguida (a modo de un prehistórico y rudimentario “moai” de los de la Isla de Pascua, por ejemplo). Imposible pues que se trate de una casualidad, sino de algo hecho por el hombre. Un monumento megalítico que además –por el tamaño, peso y dimensiones de las piedras (cada una pesa varias toneladas)- no pudo hacerse por un solo hombre o un pequeño grupo de hombres, sino por todo un poblado (o tribu). Muy probablemente, ibero.

Menhir del Cantal, foto de José Ignacio González Ors

Puede llamar la atención el hecho de que se ubique en lugar tan “apartado”. Pero para comprender su ubicación debemos “mirar” con los ojos de la orografía del terreno, y no con los actuales de carreteras asfaltadas. El actual Camino de la Murta es en realidad el único paso natural –una barranquera o rambla- entre montañas de la cordillera de la Sierra Calderona que comunicaba dos poblaciones iberas de importancia, Edeta (la actual Liria) y Arse (la actual Sagunto). Los habitantes de la importante Edeta (los edetanos) utilizaban ese paso para cruzar la Sierra Calderona y llegar al valle del Rio Palancia y a través de su cauce hasta Arse como desembocadura con el mar. Era pues, el actual Camino de la Murta, como la autopista de la época (si se nos permite la licencia). De modo que la presencia del Menhir de El Cantal al comienzo del Camino de la Murta (que entonces sería sólo paso natural, se insisten ello), es absolutamente comprensible y está absolutamente justificada.

Insto pues a alturanos y veraneantes a que incorporen El Cantal como pieza clave y relevante en la historia de Altura y su término municipal, y que al referirse al mismo lo hagan no con el vulgar nombre de “piedra” sino con el que legítimamente le corresponde de Menhir. El Menhir de El Cantal. En particular, insto a las autoridades competentes a dar al monumento la relevancia y trascendencia que tiene, dándolo a conocer turística, histórica y arqueológicamente (encomiable la labor de la Asocación Amigos del Patrimonio Alturano “El Cantal” ). Y a todos, a presumir de tener en nuestro término municipal un monumento megalítico que constata la existencia de pobladores prehistóricos en nuestra amada Villa de Altura.

Fdo.: José Ignacio González Ors.

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Categorías: Otros, Villa de Altura | Deja un comentario

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