ANTROPONIMIA ALTURANA

El uso de los “apellidos” surge con la necesidad de distinguir entre dos personas que comparten el mismo nombre. Si en una población (digamos en Altura) dos hombres se llaman igual (digamos Miguel), los vecinos tenderán, al referirse a ellos, a personalizar la identidad de cada uno para que no haya confusión posible. Si uno es rubio y el otro moreno es más que probable que la gente termine llamándoles Miguel “el rubio” y Miguel “el moreno”, y por simplificación, Miguel Rubio y Miguel Moreno. Ya tenemos ahí los apellidos.

Históricamente los apellidos surgen con las primeras civilizaciones. La manada se convierte en clan, el clan en tribu y la tribu en familia; el apellido sirve para adscribir a un individuo a su tribu o familia. Echemos mano de la ficción cinematográfica: en la película “Los Inmortales”, el protagonista es “Conadr Mc.kloud, del clan de los Mc.Kloud”; toma como apellido el nombre del clan. En la Biblia se nos habla de “las 12 tribus de Israel”, y en Roma los patricios (no la plebe) tenían tres nombres (praenomen, nomen y cognomen) donde el nomen hacía referencia a la familia: vr. gr. Cayo Julio Cesar pertenecía a la familia Julia; el individuo era conocido por el cognomen, y así, el personaje fue conocido como “Cesar”.

Esta adscripción a la familia fue derivando hacia la filiación paterna. El apellido comenzó a significar “hijo de”, y se formaba con un sufijo que seguía al nombre del padre: así, en los países anglosajones dicho sufijo fue “son” (hijo), de donde surgieron Peterson, Johnson, Stevenson… (o lo que es lo mismo, hijo de Peter, hijo de John, hijo de Steven…); en los países escandinavos el sufijo fue “sen” (Petersen…); en los eslavos “vich” (Petrovich o hijo de Pedro), en Polonia “inski” (Stravinski o hijo de Strauss), en Rusia “ov” (Petrov o hijo de Pedro)… y en escocia el ya mencionado “Mac” (McDonald no es sino hijo de Donald). En árabe la raíz fue “ibn” que derivó en “ben” (Osama Ben Ladén, el yihaidista que por absurda derivación fonética americana conocemos como Bin Laden)…

En la Iberia prerromana dicho sufijo fue “itz”; en euskera aún se conserva dicho prefijo (“Aduritz, hijo de Adur”). Con la llegada de los visigodos y posteriormente durante la reconquista, dicho sufijo pasó, a través del Reino de Navarra, y por derivación fonética, a convertirse en “ez”, surgiendo así la raíz típicamente hispana de los apellidos patronímicos: López, Martínez, Pérez, González, Jiménez, Domínguez, no son otra cosa que “hijo de” Lope, Martín, Pere, Gonzalo, Jimeno o Domingo; Fernández es hijo de Fernando, y así sucesivamente. Y en valenciano el sufijo “itz” se transformó en “is” (Peris, hijo de Pere, Sanchis, hijo de Sancho)…

Pero los apellidos patronímicos (los que hacen referencia “a la familia”) siguieron reservados a la clase noble. La plebe carecía de apellidos. Surgieron entonces los “apodos”, pseudoapellidos del pueblo llano. Estos apodos, aunque su origen puede ser muy heterogéneo, pueden agruparse en 4 orígenes:

– los apodos patronímicos: siguiendo el ejemplo de la clase noble se apoda al individuo con el nombre del padre. Surgen así como “apellidos” lo que no son sino nombres propios: Martín, Gil, Pascual, Alonso, Benedicto…

– los apodos locaticios: hacen referencia al lugar de origen del individuo: Soriano (de Soria), Zamorano (de Zamora), Aragonés, Navarro, Navarrete… pero también a lugares genéricos (Sierra -o el de la sierra-, Serrano, Torrente, Valle…).

– los apodos profesionales: se alude al individuo por su profesión: Herrero, Ballestero, Pastor… pero también por su vasallaje a algún noble (Marqués, Conde…).

– los apodos fisiológicos: hacen referencia a los rasgos físicos de las personas: Rubio, Moreno, Castaño, Cano –de canoso-, Calvo, Delgado, Lozano, Blanco…

Cuando tras la Edad Media comenzaron los primeros censos (En el Reino de Castilla hay constancia de uno llevado a cabo en el siglo XVI) estos apodos se convirtieron oficialmente en apellidos. Conviene “ponerse en situación” para comprender el proceso: los apodos se transmitían de padres a hijos. Al llegar el escribano de turno a la localidad correspondiente (vr. gr. a Altura), se hacía presentarse ante él a toda la población a fin de que facilitara sus nombres: era un proceso rápido, en el que el escribano exhortaba al vecino a que diera su nombre y apellido y dejara paso al siguiente de la cola:

– ¿Nombre?
– Miguel
– Miguel ¿qué más?
– No sé… a mí siempre me han dicho Miguel el del herrero…
– Miguel Herrero… ¡siguiente!
– Carmen
– Carmen ¿qué más?
– No sé… a mí siempre me han dicho Carmen la nieta del soriano
– Carmen Soriano… ¡siguiente!

Queda un último grupo de apellidos, muy heterogéneo, que es el de los apellidos castellanizados. Se trata de apellidos de nombres que provienen de otras lenguas (sobre todo del árabe, además del valenciano, pero también del hebreo, del celta, del francés…) que se han castellanizado al menos fonéticamente y en su grafía: Alcántara, Almonacid, Ferreres, Salom… Lo más dificultoso de este último grupo de apellidos es que con el paso del tiempo suelen ir degenerándose en fonética y grafía, siendo en ocasiones muy difícil de rastrear su origen. Es el caso, por ejemplo, del alturanísimo “Carot”, cuyo origen etimológico resulta muy difícil de determinar. Puede aventurarse, por similitud fonética, que derive dela palabra árabe “caraz” que significa “cerezo”; de “caraz” (úsese la pronunciación árabe con la última “a” muy cerrada, casi “o”) a “caroz” y de ahí a “carot”. De esa misma palabra árabe deriva, por ejemplo, la toponimia de Alcaraz.

No quiero acabar este artículo sin reseñar que la Iglesia contribuyó a generalizar el uso de los apellidos a través de las partidas de bautismo, en las que el nuevo miembro de la Iglesia era inscrito con el nombre de su padre y de su madre (o de su padrino y su madrina), lo que derivó en España al uso de los “dos apellidos”, el primero paterno y el segundo materno, cerrando así la adscripción a la familia. Por cierto, dato jurídico, el Registro Civil español data del año 1870.

A continuación os dejo un listado con alguno de los apellidos más frecuentes de Altura y su posible origen etimológico. He dejado al margen los apellidos patronímicos (López…), locaticios (Soriano…), profesionales (Herrero…) y fisiológicos (Lozano, Calvo…), así como los derivados de nombres propios (Gil), cuyo origen resulta obvio:

Asensio: nombre propio hoy en desuso. San Asensio. De él derivan Asensi y Asenjo.

Blasco: derivación fonética de Velasco, nombre propio (del que a su vez derivaría el patronímico “Velázquez”). Belatz es “halcón” en euskera.

Benet: del latín, bendecido, el bendecido por Dios.

Bolumar: Nombre propio hoy en desuso, hermano fonético de Baldomar.

Bonanad: derivación fonética del nombre árabe Ben Haddad (hijo de Haddad). Ben Haddad fue un rey arameo de Damasco nombrado en la Biblia (Libro de los Reyes).

Calás: derivación fonética de “Colás”.

Colás: Abreviatura del nombre propio Nicolás.

Garnés: curiosísima la derivación fonética de este apellido: “Hartze” significa en euskera “oso”. Fonéticamente deriva en “Garcé”, y de ahí a “García” (popularísimo apellido español) y a “Garcés”. De Garcés pasa a “Garnés” o a la pronunciación como palabra llana (“Garnes”), de donde a su vez derivaría “Garner”).

Mañez: Lo destaco porque en principio aunque parece patronímico (terminación “ez”) no debiera serlo. No existe el nombre propio Maño (Mañez como hijo de Maño). Es bastante probable sin embargo que en esa época de los primeros censos alguien se identificara como “el hijo del maño –en su significado de “aragonés-” y el escribano terminara adjudicándole el sufijo “ez”, convirtiéndolo así en Mañez. Otra opción (menos probable) es que derive de la palabra “mañés”, que era como en castellano antiguo se denominaba al que tenía maña (al mañoso).

Mínguez: Muy habitual en Altura. Es patronímico, porque Mingo sí existe como nombre propio (hoy en desuso), del que derivaría Domingo.

Muñoz: patronímico del nombre propio Muño, hoy en desuso pero nombrado vr. gr. en el Cantar de Mio Cid. Es probable que la Masía de Uñoz derive de este apellido.

Ors: derivación romance de “ursus” –latín-, significa “oso”. Se trata de una familia muy antigua de la que derivarían Orts y d´Ors.

Portolés: derivación del valenciano “portalers”, los guardianes de la puerta (de entrada a la Villa).

Sellés: de origen incierto, probablemente derive de la localidad de Selles (o Celles) en Lérida.

Ten: derivación de “Tena”. El Valle de Tena se encuentra en el pirineo aragonés.

Torregrosa: del valenciano Torre grossa, la torre gruega.

Torrejón: derivado de “torreón” hace referencia a la existencia de alguna torre, si bien puede referirse a la localidad de Torrejón (existen varias en España, cuyo origen etimológico es el mismo, la existencia de un torre). Así, “el de torrejón” puede hacer referencia al venido de Torrejón.

Venancio: Nombre propio, hoy en desuso.

Ventura: A veces los árboles no nos dejan ver el bosque: ventura, palabra que significa “suerte” (buenaventura, aventura…)

Zarzoso: derivado de zarzal, lugar donde abundan las zarzas o zarzamoras. Hay varias localidades en España con dicha toponimia. Existe documentación relativa a un tal “Miguel Zarzoso”, nacido en Olba (Teruel) hacia el año 1625, cuya familia trasladó su residencia a “la zona de Segorbe” (¡!).

[Como muestra creo que es suficiente. Si tu apellido es típicamente alturano y quieres saber su origen, puedes pedirlo y trataré de buscártelo].

Fdo.: José Ignacio González Ors.

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